Reivindicando la palabra «Aromaterapia»

Hoy estaba leyendo por casualidad el blog de un profesor de aromaterapia brasileño que hablaba de las diferentes «calidades» de aceites esenciales y de lo eficaces que eran los reconstituidos frente a los naturales, siendo por supuesto mucho más baratos y asequibles, hablando de forma resumida y rápida, para qué vas a usar un aceite esencial puro cuando tienes infinidad de alternativas químicas y naturales mucho más baratas…
Esto me hace enlazar con otros profesionales (iba a ponerlo entre comillas, pero no, son profesionales) que usan en sus formaciones de aromaterapia todo tipo de fragancias, muchas 100% sintéticas y que no tienen ni gota de producto natural, aunque, evidentemente, no lo venden de tal manera porque la gente no les compraría si confesasen la verdad: estas «esencias» huelen bien pero son artificiales.
Yo no soy nadie, como para imponer mi criterio, ni desde luego, mejor que nadie, pero si me gustaría invitar a l@s lector@s a reflexionar sobre qué consideramos «aromaterapia» y qué productos merecen ese calificativo.

Es fácil mezclar «churras con merinas» y decir que cualquier cosa que huele tiene un efecto de aromaterapia, pero desde mi punto de vista, esto no es cierto. El que los olores tengan efecto sobre la mente, quiere decir que también tienen efecto sobre el cuerpo y sobre todo lo demás que consideremos «ser humano». Esto es evidente en el caso de los aromas artificiales, como los que se usan en la perfumería moderna, que pueden incitarnos al deseo sexual ya que están diseñados para seducir. Y funcionan, eso es innegable.

También se aplica esta observación para todo tipo de aromas que se incluyen en alimentos, bebidas, detergentes, cosméticos, y que tienen un efecto incluso fisiológico (recuerden lo que hace su estómago cuando huele algo muy rico en el ambiente, aunque sea un aroma de azucar tostado artificial).

Entonces, reconociendo de entrada que los aromas artificiales tienen un efecto sobre el cuerpo y la mente humanos, pasamos a la segunda parte ¿qué es aromaterapia?.

Pues según el fundador del término, el creador del concepto, René Maurice Gattefossé, es una terapia a través de los aromas, pero en este caso, de los aromas de las plantas, los aceites esenciales. Ese es el origen del término y la realidad de su aplicación terapéutica desde sus inicios, el Sr. Gattefossé no empleaba esencias sintéticas sino exclusivamente aceites esenciales naturales de las plantas.

Y así sigue siendo para la mayor parte de aromaterapeutas del mundo. Cualquiera que capte el espíritu de esta terapia natural, sabe que estamos hablando siempre de una rama de la fitoterapia, de la medicina ancestral que se pierde en la noche de los tiempos y que se basa en el empleo de plantas y sus extractos (en este caso, aceites esenciales).

Desde esta perspectiva, de respeto por los origenes y de sentido común, reivindico el término «Aromaterapia» exclusivamente para aquellas terapias y usos basados en aceites esenciales obtenidos por destilación y expresión de las plantas. Aceites esenciales, que además, hoy en día, deben de ser puros y no manipulados (no nos sirven los rectificados, desterpenados, etc.), y que en el proceso de crecimiento de esta terapia, cada día implican más un cuidado proceso de extracción y calidad de las materias primas empleadas (plantas), un escrupuloso control de la denominación botánica de la planta procesada y tras el análisis pertinente, la determinación de parámetros importantes al consumidor como el quimiotipo o bioespecificidad y otros que determinen cambios importantes como para que dicho aceite esencial pueda tener unas propiedades terapéuticas determinadas.

Este criterio «Aromaterapia» no debe aplicarse a mezclas de productos naturales ni a productos sintéticos parecidos a naturales. Por ejemplo, a base de ciertas moléculas aromáticas de origen natural, podemos hacer reconstituidos baratos de melisa, azahar, rosa, etc. 100% naturales. Ese tipo de «juego» está muy bien para la perfumería, pero no para la aromaterapia. Y los profesionales que quieran hacer sus tratamientos con ese tipo de productos, baratos, reproducibles, etc., están en su derecho de hacerlo, pero que al menos se tomen la molestia de inventarse una terminología adecuada, igual que hace unas décadas hizo la gran industria de la perfumería con el término «aromacología» y desde luego que no se consideren aromaterapeutas porque están faltando a la base de nuestros principios.

Quienes creemos que lo natural, auténtico, producido por una planta que tiene miles de años de evolución conjunta con el ser humano en el planeta, es superior a lo creado en el laboratorio de la fábrica de esencias, tenemos todo el derecho del mundo a que el término «Aromaterapia» no se aplique indiscriminadamente a cualquier cosa que huela. No es lo mismo el aceite esencial que obtenemos de la flor del azahar que las infames esencias con aroma azahar que encontramos en ambientadores, cosmética y perfumería. No tiene el mismo efecto, las mismas propiedades ni produce las molestias y efectos secundarios de la agresiva química aromática artificial. ¡Y es infinitamente más caro!

Enrique Sanz Bascuñana

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